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sábado, 23 de octubre de 2010

Serulnikov, S.: “Repensando lo andino”, en Vigencia de lo andino en los albores del siglo XXI. Una mirada desde Perú y Bolivia. Síntesis.

POR EMILIO TOMASSINI
La “andinidad”, tradicionalmente, hace referencia a ciertos rasgos comunes que la región de los andes supuestamente posee. El autor intenta poner un poco en cuestión esta arraigada idea de continuidad sin escalas entre pasado y presente, cuestionando la continuidad entre las comunidades indígenas precolombinas y coloniales. Algunos aspectos que marcarían esta diferencia serían la religión cristiana, el calendario cristiano. También, nota el autor, que aumentaron las jerarquías comunales como nunca se había vista en la época incaica. Por último, señala Serulnikov, las prácticas mercantiles se arraigaron rápidamente.
El autor propone situar lo andino en el plano de lo imaginario (algo parecido a los nacionalismos actuales), que puede aglutinar voluntades para una insurgencia, formar identidades colectivas neo incas, las cuales pueden ser opuestas o contrarias a las autoridades coloniales. Por ejemplo Tupac Amarú; acaudilló un levantamiento supra regional con ideas de restauración neo inca. Ideas que, evidentemente, significaban un poderoso incentivo para que muchas personas se sumen a la revuelta.
Un aspecto interesante: lo andino no excluye lo europeo. Más allá de que las elites gobernantes coloniales vieron solo la parte más radicalizada del discurso de Tupac Amarú; la exaltación de la alteridad, el sincretismo religioso, etc.

En Cuzco: Previamente a la rebelión de Condorcanqui se dio una especie de renacimiento cultural incaico en el ámbito artístico, no solo tolerado, sino fomentado desde el gobierno colonial. Aquí las comunidades acataron a sus jefes; por el si o por el no a la hora de sumarse a la rebelión. Estas elites indígenas tenían un elevado status social (Ver francisco Fernández Guarache en el buscador)

En Chayanta (Al norte de Potosí): Existía una sociedad indígena menos jerarquizada y más igualitaria. También se observa cierto antagonismo entre ayllus y distintos grupos rurales. Se ven claros choques entre políticas imperiales y locales.

La Paz: Es el pago de Tupac Catari. Se niega desde el principio a formar alianzas con criollos, mantiene la “pureza” étnica en todo momento.

Teniendo en cuenta estas mínimas muestras de heterogeneidad, que se hacen más y más claras cuanto más indagamos sobre ellas, ¿Sirve el término “andino”? En otras palabras, ¿podemos hablar livianamente “de lo andino” teniendo en cuenta la variedad que existe? El autor sostiene que si se puede aplicar el concepto de Andinidad, siempre y cuando no denote la presencia de una matriz unitaria del pensamiento utópico, mesiánico o milenarista. Evidentemente en el período colonial daba una identidad, muy sentida, a los “naturales”. El cual, no ilógicamente ni necesariamente, podía generar un movimiento de masas. Esto, sin embargo, no se puede leer como un bloque monolítico. Esto sería desconocer las fracturas (que si bien siempre existieron, fueron fomentadas por el gobierno español) en los ayllus opuestos.
Volvamos al caso de Tupac Amarú. Durante la insurrección se unieron indios, criollos y mestizos en tanto se sentían “americanos” o “peruanos”. Lo que no quita que el bando pro gobierno español no haya contado entre sus filas a grupos tan heterogéneos como los tupamaros. Lo que si es de destacar, es que los grupos criollos y sus descendientes aprendieron que la movilización autónoma de indios y grupos subalternos era muy peligrosa para sus intereses. Sin embargo, es evidente que en esa efímera alianza primó el discurso indigenista de Gabriel Condorcanqui, entre otras cosas por el fuerte recuerdo que se tenía del ayllu (que no invalidaba la conquista), por su revalorización durante el siglo XVIII y por la capacidad de movilización popular… no olvidemos que la idea de cambio y cataclismos periódicos era una idea bien establecida, que continuó a través de los siglos.
Otra idea interesante, que se coligue de lo expresado hasta aquí, es que las ideas, mitos y tradiciones andinas (heterogéneas como vimos) no eran necesariamente revolucionarias. Lo que si, fueron usadaspor la revolución de Tupac Amarú. Es decir que las ideas per se no eran revolucionarias, pero fueron usadas por ellos. Cita, oportunamente a Borges; “Las grandes rebeliones crean sus precursores”. Es, de la misma manera, en este punto, donde el autor realiza una analogía con los nacionalismos de Hobsbawn: Son mitos que “acomodan” la historia para legitimarse. En palabras del historiador Inglés: “Torcer la historia es parte de ser nación”.
Las consecuencias de la derrota: Podemos concluir que con la derrota de la rebelión se da un descenso del poder de la tradicional aristocracia indígena. Surge la figura del Varayoc, una nueva autoridad elegida por la comunidad. Es por eso que Serulnikov identifica a Mateo Pumacahua[1], quien reprimió a Tupac Amarú y a los movimientos de emancipación americanos, como el último movimiento asociado a la nobleza andina como portadora de proyectos políticos conectados a la tradición imperial incaica.
Podemos concluir que los actores sociales actuantes modificaron su percepción del pasado, para modificar su futuro.
[1] 1740-1815, cacique peruano. Nació en Chincheros (Cuzco), donde fue cacique tras el fallecimiento de su padre, ocurrido en 1770. Entre 1780 y 1781 participó en la defensa de Cuzco contra los rebeldes de José Gabriel Condorcanqui (Túpac Amaru), al que derrotó en la batalla de Guaran. Se opuso a la revolución criolla de La Paz en 1809, combatió contra los sublevados del Alto Perú en las tropas del gobernador y presidente de la audiencia de Cuzco José Manuel de Goyeneche, y ascendió a brigadier en 1811. En 1814 cambió de bando y apoyó la causa de los patriotas insurrectos. Ese mismo año participó en la sublevación de Cuzco y en la expedición a Arequipa, en la que derrotó a las tropas realistas españolas en Apacheta. En 1815 fue vencido por los realistas en la batalla de Humachiri y días después cayó prisionero en Sicuani, donde murió ejecutado.

martes, 31 de agosto de 2010

Pequeña selección de textos de Trotsky sobre la Revolución permanente

La revolución permanente, en el sentido que Marx daba a esta idea, quiere decir una revolución que no se aviene a ninguna de las formas de predominio de clase, que no se detiene en la etapa democrática y pasa a las reivindicaciones de carácter socialista abriendo la guerra franca contra la reacción, una revolución en la que cada etapa se basa en la anterior y que no puede terminar más que con la liquidación completa de la sociedad de clases.
Con el fin de disipar el caos que cerca la teoría de la revolución permanente, es necesario que separemos las tres series de ideas aglutinadas en dicha teoría.
En primer lugar, ésta encierra el problema del tránsito de la revolución democrática a la socialista. No es otro, en el fondo, el origen histórico de la teoría.
La idea de la revolución permanente fue formulada por los grandes comunistas de mediados del siglo XIX, por Marx y sus adeptos, por oposición a la ideología democrática, la cual, como es sabido, pretende que con la instauración de un Estado «racional» o democrático no hay ningún problema que no pueda ser resuelto por la vía pacífica, reformista o progresiva. Marx consideraba la revolución burguesa de 1848 únicamente como un preludio de la revolución proletaria. Y, aunque «se equivocó», su error fue un simple error de aplicación, no metodológico. La Revolución de 1848 no se trocó en socialista. Pero precisamente por ello no condujo a la democracia. En cuanto a la Revolución alemana de 1918, es evidente que no fue el coronamiento democrático de la revolución burguesa, sino la revolución proletaria decapitada por la socialdemocracia, o, por decirlo con más precisión: una contrarrevolución burguesa obligada por las circunstancias a revestir, después de la victoria obtenida sobre el proletariado, formas pseudodemocráticas.
El «marxismo» vulgar se creó un esquema de la evolución histórica según el cual toda sociedad burguesa conquista tarde o temprano un régimen democrático, a la sombra del cual el proletariado, aprovechándose de las condiciones creadas por la democracia, se organiza y educa poco a poco para el socialismo. Sin embargo, el tránsito al socialismo no era concebido por todos de un modo idéntico: los reformistas sinceros (tipo Jaurés) se lo representaban como una especie de fundación reformista de la democracia con simientes socialistas. Los revolucionarios formales (Guesde) reconocían que en el tránsito al socialismo sería inevitable aplicar la violencia revolucionaria. Pero tanto unos como otros consideraban a la democracia y al socialismo, en todos los pueblos, como dos etapas de la evolución de la sociedad no sólo independientes, sino lejanas una de otra.
Era la misma idea dominante entre los marxistas rusos, que hacia 1905 formaban casi todos en el ala izquierda de la Segunda Internacional. Plejanov, el brillante fundador del marxismo ruso, tenía por un delirio la idea de implantar en Rusia una dictadura del proletariado. En el mismo punto de vista se colocaban no sólo los mencheviques, sino también la inmensa mayoría de los dirigentes bolcheviques, y muy especialmente todos los que hoy se hallan a la cabeza del Partido, sin excepción; todos ellos eran, por entonces, revolucionarios demócratas decididos para quienes los problemas de la revolución socialista, y no sólo en 1905, sino en vísperas de 1917, sonaban como la música vaga de un porvenir muy remoto.
La teoría de la revolución permanente, resucitada en 1905, declaró la guerra a estas ideas, demostrando que los objetivos democráticos de las naciones burguesas atrasadas conducían, en nuestra época, a la dictadura del proletariado, y que ésta ponía a la orden del día las reivindicaciones socialistas. En esto consistía la idea central de la teoría.
Si la opinión del proletariado pasaba por un prolongado período de democracia, la teoría de la revolución permanente venía a proclamar que, en los países atrasados, el camino de la democracia pasaba por la dictadura del proletariado. Con ello, la democracia dejaba de ser un régimen de valor intrínseco para varias décadas y se convertía en el preludio inmediato de la revolución socialista, unidas ambas por un nexo continuo. Entre la revolución democrática y la transformación socialista de la sociedad se establecía, por lo tanto, un ritmo revolucionario permanente.
El segundo aspecto de la teoría caracteriza ya a la revolución socialista como tal. A lo largo de un período de duración indefinida y de una lucha interna constante, van transformándose todas las relaciones sociales. La sociedad sufre un proceso de metamorfosis. Y en este proceso de transformación, cada nueva etapa es consecuencia directa de la anterior. Este proceso conserva forzosamente un carácter político, o lo que es lo mismo, se desenvuelve a través del choque de los distintos grupos de la sociedad en transformación. A las explosiones de la guerra civil y de las guerras exteriores suceden los períodos de reformas «pacíficas». Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio. En esto consiste el carácter permanente de la revolución socialista como tal.
El carácter internacional de la revolución socialista que constituye el tercer aspecto de la teoría de la revolución permanente, es consecuencia inevitable del estado actual de la economía y de la estructura social de la humanidad. El internacionalismo no es un principio abstracto, sino únicamente un reflejo teórico y político del carácter mundial de la economía, del desarrollo mundial de las fuerzas productivas y del alcance mundial de la lucha de clases. La revolución socialista empieza dentro de las fronteras nacionales; pero no puede contenerse en ellas. La contención de la revolución proletaria dentro de un territorio nacional no puede ser más que un régimen transitorio, aunque sea prolongado, como lo demuestra la experiencia de la Unión Soviética. Sin embargo, con la existencia de una dictadura proletaria aislada, las contradicciones interiores y exteriores crecen paralamente a los éxitos. De continuar aislado, el Estado proletario caería, más tarde o más temprano, víctima de dichas contradicciones. Su salvación está únicamente en hacer que triunfe el proletariado en los países más progresivos. Considerada desde este punto de vista, la revolución socialista implantada en un país no es un fin en sí, sino únicamente un eslabón de la cadena internacional. La revolución internacional representa de suyo, pese a todos los reflujos temporales, un proceso permanente.
Los ataques de los epígonos van dirigidos, aunque no con igual claridad, contra los tres aspectos de la teoría de la revolución permanente. Y no podía ser de otro modo, puesto que se trata de partes inseparables de un todo. Los epígonos separan mecánicamente la dictadura democrática de la socialista, la revolución socialista nacional de la internacional. La conquista del Poder dentro de las fronteras nacionales es para ellos, en el fondo, no el acto inicial, sino la etapa final de la revolución: después se abre un período de reformas que conducen a la sociedad socialista nacional.
En 1905 no admitían ni la idea de que fuese posible que el proletariado conquistase el Poder en Rusia antes que en la Europa occidental. En 1917 predicaban una revolución de contenido democrático y rechazaban la dictadura del proletariado. En los años de 1925 a 1927 adoptan ante la Revolución nacional china la orientación de un movimiento dirigido por la burguesía del país. Luego, propugnan para dicho país la consigna de la dictadura democrática de los obreros y campesinos, oponiéndola a la dictadura del proletariado, y proclaman la posibilidad de proceder a edificar una sociedad socialista completa y aislada en la Unión Soviética. Para ellos, la revolución mundial, condición necesaria de la victoria, no es más que una circunstancia favorable. Los epígonos han llegado a esta ruptura radical con el marxismo al cabo de una lucha permanente contra la teoría de la revolución permanente.
La lucha iniciada haciendo revivir artificialmente recuerdos históricos y falsificando el pasado lejano, ha conducido a la transformación completa de las concepciones del sector dirigente. Hemos explicado ya más de una vez que esta revisión de valores se ha efectuado bajo la influencia de las necesidades sociales de la burocracia soviética, la cual se ha ido volviendo cada vez más conservadora, cada vez más preocupada de mantener el orden nacional y propensa a exigir que la revolución ya realizada, y que le asegura a ella una situación privilegiada, sea considerada suficiente para proceder a la edificación pacífica del socialismo. No hemos de insistir aquí sobre este tema. Señalemos únicamente que la burocracia tiene una profunda conciencia de la relación que guardan sus posiciones materiales e ideológicas con la teoría del socialismo nacional. Esto se manifiesta con un relieve especial precisamente ahora, cuando el aparato stalinista, aguijoneado por las contradicciones que no previó, se orienta con todas sus fuerzas hacia la izquierda, asestando duros golpes a sus inspiradores derechistas de ayer. La hostilidad de los burócratas contra la oposición marxista, de la que tuvo que tomar prestadas precipitadamente sus consignas y argumentaciones, no ha cedido en lo más mínimo, como se sabe. De aquellos miembros de la oposición que plantean la cuestión de su reingreso en el Partido con el fin de apoyar la política de industrialización, etc., lo primero que exigen es que abjuren de la teoría de la revolución permanente y que reconozcan, aunque sólo sea por modo indirecto, la teoría del socialismo en un solo país. Con esto, la burocracia stalinista pone de manifiesto el carácter puramente táctico de su viraje hacia la izquierda, y cómo ello no significa una renuncia a los fundamentos estratégicos nacional-reformistas. No hay por qué pararse a explicar la trascendencia de esto: es sabido que en la política, como en la guerra, la táctica se halla siempre subordinada en última instancia a la estrategia.

Fuente: Trotsky, León. La revolución permanente. Traducción de Andreu Nin. Madrid: Ediciones Júcar, 1976. SELECCIÓN EMILIO TOMASSINI

domingo, 28 de febrero de 2010

Marc Bloch: Introducción a la historia: Síntesis y algunos comentarios.

Fue un historiador medievalista francés que vivió entre 1886 y 1944, uno de los fundadores de los Annales d´histoire économique et sociale junto con Lucien Fevbre. En pocas palabras; gracias a él la historia como disciplina científica comenzó a dialogar con otras ciencias sociales; la geografía, la economía, la sociología, la antropología, etc.
En su introducción a la historia plantea interesantes ideas sobre el quehacer del historiador. Aduce que el objeto de la historia es el hombre a través del tiempo, de lo anterior se coligue la idea de que los hechos humanos son fenómenos delicados y la mayoría de ellos escapa a la medida matemática.
También critica duramente lo que el llama “obsesión de los orígenes”, es decir explicar lo más próximo determinado totalmente por lo más lejano. De la misma manera, sostiene Bloch, la manía de enjuiciar es el otro enemigo de la historia.
El límite entre lo actual y lo inactual no se puede precisar matemáticamente, pero se puede comprender el presente con la ayuda del pasado y viceversa. Sin embargo, como la mayoría de las veces el historiador no estuvo presente en el momento de los acontecimientos que analiza, se dice que el conocimiento del historiador sobre el pasado es indirecto. Entonces el conocimiento de ese pasado es posible gracias a las huellas que deja y perviven hasta el presente; elementos materiales (pinturas, artefactos, ecofactos, restos fósiles, etc.) si, pero fundamentalmente testimonios orales y escritos presentes en bibliotecas, archivos, catálogos de museos, etc. Pero estos documentos pueden ser falsos y los testimonios orales falaces. Por tal motivo el historiador debe someterlos a crítica, pero sin llegar al escepticismo. Puede mentir acerca del autor y la fecha o un engaño sobre el fondo: deformaciones, exageraciones, u omisiones sobre un hecho real. No basta descubrir el engaño, hay que detectar sus motivos.
El historiador no es un juez, por lo tanto no está en él juzgar. El historiador debe comprender y comprender el por que de las cosas. Aceptando que no es una pregunta sencilla de responder.
Con respecto al vocabulario de la historia: el historiador recibe un vocablo “X” de la materia de su estudio. Se debe tener en cuenta que reproducir al pié de la letra la terminología del pasado, tropieza con muchas dificultades. Ya que el lenguaje evoluciona y, a causa de esto, algunas palabras desaparecen y otras cambian de significado. Entonces es preciso que el historiador advierta al lector sobre el sentido dado a sus palabras. Cosa, se lamenta el historiador francés, no muy frecuente entre los historiadores.
Por último, Bloch nos pone en alerta sobre las periodizaciones arbitrarias. El corte exacto en el fin de un período y el fin de otro no es el que pretende conformarse con a más pequeña unidad. Cada fenómeno tiene su medida particular.


En palabras del autor:
“No alcanzo a imaginar mayor halago para un escritor que saber hablar por igual a los doctos y a los niños”

“La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado. Pero, no es, quizás, menos vano esforzarse por comprender el pasado si no se sabe nada del presente”.

“En contraste con el conocimiento del presente, el conocimiento del pasado necesariamente es indirecto”

“El pasado es […] un dato que ya nada habrá de modificar. Pero el conocimiento de él es algo que está en constante progreso, que se transforma y se perfecciona sin cesar.”

“Hemos conseguido saber mucho más acerca de él [el pasado] que lo que tuvo a bien dejarnos dicho”

“Los textos, o los documentos arqueológicos […] no hablan sino cuando se sabe interrogarlos.”

“Todo cuanto el hombre dice o escribe, todo cuanto fabrica, cuanto toca, puede y debe informarnos acerca de él”

“El escepticismo, como principio, no es una actividad intelectual más estimable ni más fecunda que la credulidad con la que, por otra parte, se combina fácilmente en muchos espíritus simplistas.”

“El historiador define [las palabras y conceptos que utiliza] rara vez […] extiende, restringe, deforma despóticamente los significados sin advertir al lector y sin darse cuenta cabal, muchas veces, ni el mismo.”

“Las causas, en historia más que en cualquier otra disciplina, no se postulan jamás. Se buscan…”

AUTOR: EMILIO TOMASSINI, profesor en historia. UNLu.

sábado, 30 de enero de 2010

Bindé Jeromé, “El porvenir del tiempo”, en Le Mondé Diplomatiqué, junio de 2002. Síntesis y algunos comentarios.

POR EMILIO TOMASSINI
¿Qué esta pasando con la concepción social del tiempo? ¿Por qué todo es tan volátil y efímero? ¿Por qué las cosas pasan de moda con una rapidez casi estúpida?
El autor francés citado nos puede ayudar a elucidar algunas respuestas. Según publicó en Le Monde Diplomatique a partir de la teoría de la relatividad de Albert Einstein se rompió la tradicional concepción uniforme, absoluta, universal y neutra del tiempo, imponiéndose el concepto de espacio- tiempo.
Esta idea de tiempo asociado a la incertidumbre será el acontecimiento significativo del siglo XXI, ya que los parámetros habituales han sido trastocados: una autentica crisis del tiempo social y cultural. Por ejemplo, el conocimiento que tenemos del tiempo parece estar progresando hacia una descomposición cada vez mayor hacia lo infinitamente breve (Segundos, décimas de segundo, centésimas de segundo, etc.) Esto es lo que Bindé llama “la contracción del tiempo”.
En el campo historiográfico la aceleración de los tiempos produce una desaparición o mutación de los objetos de estudio, que muchas veces son reemplazados por otros cada vez en menos tiempo. Esto, como es sabido, comenzó con lo que Eric Hobsbawn conoce como la doble revolución de fines del siglo XVIII y aún no hay miras de que se detenga.
En el campo laboral también se observan reflejos de esta problemática, de esta revolución silenciosa: Hoy el trabajo es escaso debido, fundamentalmente, a un factor que se puede desdoblar en dos partes; La primera y segunda Revolución Industrial y por una tercera que según el autor, estamos viviendo hoy. Más allá de esto, lo importante es señalar que el lazo que unía el tiempo con el trabajo se está aflojando peligrosamente. El problema del desempleo debería ser considerado como la crisis del trabajo. Crisis, además, debido a que el que tiene la fortuna de poseer un empleo, este le acarrea más estrés que satisfacciones.
Ante esta situación, Bindé plantea que si queremos modificar nuestra relación con el tiempo debemos unificar los objetivos a largo plazo con las decisiones en el presente. Puesto que la globalización y las nuevas tecnologías solo imponen un horizonte a corto plazo. La “urgencia” con la que vivimos hoy desestructura el tiempo y deslegitima las utopías.


En palabras del autor:
“Se ha producido una revolución […] en la concepción científica del tiempo”

“…El tiempo no tiene futuro, sino futuros.”

“…La caducidad corroe el tiempo de la historia, el tiempo de los grandes ciclos y los ciclos de la vida humana”


“Si queremos modificar radicalmente nuestra relación con el tiempo en este principio del siglo XXI, tendremos que redescubrir una sabiduría antigua: habitar el tiempo […] y saber reencontrar el tiempo perdido”.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Zeberio, B. “La situación de los chacareros arrendatarios en la Pampa Humeda, una discusión inacabada”

Reseña bibliográfica (POR EMILIO JAVIER TOMASSINI)
→ Zeberio, B. “La situación de los chacareros arrendatarios en la Pampa Humeda, una discusión inacabada”, en Mandrini; R. y Reguera, A. (Comp.), Huellas en la tierra, indios, agricultores y hacendados en la pampa bonaerense, IEHS, Tandil, 1993.

Historiográficamente podemos situar la polémica que se plantea el texto como un corolario provisional de una actualización o renovación de la historia rural del período 1880- 1930. Esta tendencia de la que el escrito forma parte, tiene como idea principal “poner a prueba” ciertas tesis consideradas verdaderas en el campo historiográfico, contrastándolas de manera empírica. Algunas de las principales ideas discutidas son las siguientes:
► La pretendida oposición entre propietarios y arrendatarios.
► Homogeneidad de la región pampeana.
► La dicotomía entre el campo modernizado y el campo “atrasado”.
► La dicotomía urbano- rural.
Zeberio trata especialmente el primero de estos ítems en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires. La autora intenta refutar y matizar, fundamentalmente, la representación que muestra a los arrendatarios como victimas de los propietarios y del sistema de tenencia de la tierra. Esta tesis alude a que dada la concentración de la propiedad de tierra en pocas manos, los arrendatarios no pudieron adquirir tierras propias y se veían obligados a trabajar para un terrateniente. De esta tesis central se coliguen otras secundarias que Zeberio también ataca, por ejemplo: que el sistema de arrendamiento desalentaba la inversión técnica, cosa que supuestamente no sucedía en tierras trabajadas directamente por sus propietarios. Otra idea refutada por Zeberio reza que los arrendatarios eran errantes que no podían arraigarse a la tierra y al pago. Por último, el supuesto que los campos en arriendo solamente se utilizaban para la producción agrícola.
Para apoyar sus argumentos utiliza como fuente un relevamiento de chacras y estancias, documentos que permiten saber, entre otras cosas, el número de arrendatarios y propietarios, tipo de producción a la que se dedicaba cada explotación, inversión en maquinaria agrícola, duración de los contratos de arrendamientos, etc. El argumento de la autora se podría sintetizar de la siguiente manera: Si bien la propiedad de la tierra no es nada democrática, la tenencia puede serlo. Solo que los arrendatarios, según la Zeberio, no necesariamente tenían como objetivo transformarse en propietarios, sino que muchos de ellos eran verdaderos capitalistas del campo. Es decir socios de los propietarios, aunque cabe aclarar que el universo de los arrendatarios es muy amplio. Sin embargo, cerca de la mitad de ellos rentan tierras de más de 250 hectáreas, es decir terrenos considerados medianos. Con respecto a la supuesta desinversión que traería el arrendamiento, Zeberio encuentra patrones similares de tecnificación entre propietarios y arrendatarios. Incluso estos últimos parecerían sacar una ventaja en la inversión de maquinaria agrícola. También discute la postura que habla de la inestabilidad del arrendatario. Si bien hay un amplio abanico de casos, más del 40 % de ellos tenía una estabilidad mayor a cinco años. Por último, la historiadora marca que muchos arrendatarios combinaron la agricultura con la ganadería y la cría de animales de corral.
En suma, debemos rendirnos a las evidencias y entender la complejidad del mundo rural bonaerense, que no admite generalizaciones fáciles: por ende no es correcta la idea de que todos los arrendatarios eran mártires sojuzgados por los grandes propietarios.
AUTOR: EMILIO JAVIER TOMASSINI